sábado, 23 de agosto de 2014
640
Nunca podré decir que fue la falta de amor. Ni que éste nos viniera grande. Ya no podré decir que edificamos en las nubes. Tampoco que rozamos con los dedos lo etéreo. Ay, satisfacción insaciable. Ya no podré abarcar con mis manos tu cuerpo. Como tampoco podré ser el mismo de hace tiempo. Y es que, tristemente, los deseos se esfuman. Fugaces. Como una mirada en una marquesina de autobús, en una estación, en una calle. Se apagan las luces y todo arde, por dentro. Quedando reducido a cenizas. Sólo perturba la calma del paraje calcinado el eco de los latidos de un corazón devorado por las llamas. Que intenta, muy despacio, recuperar la confianza en el amor. O eso queremos creer. Tachaba el roce de tus dedos con mi espalda de inefable. Tu sonrisa era la tiara de los dioses. Esos ojos, verdes. Esos labios rojos. Perderme en tu pelo. En el la soledad de tus lunares. Apenas recuerdo como he llegado a convertirme en esto. Reticente a la verdad y al resto. Creando un mundo paralelo. Mar, desierto. Y, de pronto, oscuridad. Silencio. Todo es gris. Porque, al marcharte, te llevaste contigo el color de mis días. Además de mi futuro. Además de un pedazo de mi. Por eso, siempre tuyo. Por eso, incompleto para siempre.
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