Observando los últimos posos del café, siendo testigo de lo que la ciudad ofrece. El vaso, casi vacío, nos otorga una visión traslúcida de los hechos, una visión que decidimos creer, o no creer.
La deformidad de los días me da la vida al igual que me la quita. La noche, en cambio, es placentera, tranquila, oscura, fría, tensa, y solitaria; será por eso por lo que me gusta tanto.
Cada tic del reloj es un momento de agobio, cada tac, uno de alivio, de relajación. El corazón bombea a su compás y solo yo soy dueño impotente de una máquina casi perfecta que provoca en mi interior sensaciones tan únicas como efímeras. Que fácil es hacerle daño a una persona y que difícil repararlo, ¿No?
Resuenan en mi cabeza todavía esas campanas que tocaste en mi nombre, taladrando mi persona hasta dejarla débil. Resuena en mi cabeza todavía esa melodía de sirena, que volvería loco a cualquier navegante y que conmigo no iba a ser menos.
Al fondo de la habitación, un flexo, este lienzo y el vómito de mis recuerdos; que no son nada y cada vez lo son menos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario