domingo, 16 de septiembre de 2012

Y al final no ardió Troya.

  Y me desperté otra mañana más, siguiendo los pasos impuestos por la rutina y deseando que sucediera algo; algo que ambos sabíamos que debía suceder. Hablo de hace más de un año ya. Cogí mis cascos y las llaves, me enfundé en mi abrigo y me colgué la mochila de un asa hasta que llegué a la puerta. Llovía y lo que menos me apetecía era realizar ese tortuoso camino hasta llegar a clase, quizá por el frío de una mañana invernal o quizá por el miedo a llegar y ver que todo seguía tal y como siempre.
Grata sorpresa me llevé al llegar al pasillo y notar que estabas, claro, como no ibas a estar, como siempre; ese olor era inconfundible. No me dio tiempo a llegar al umbral de la puerta cuando te encontré de frente, dirección  a llenar la botella del agua, y para variar, nuestras miradas chocaron y saltaron chispas, chispas de un tren imaginario que acabaría descarrilando con el tiempo.
  No abriste la boca ni para saludar, para qué, no era necesario, nos entendíamos perfectamente; o al menos eso pensaba yo.
  Me senté tranquilamente en mi sitio a ver pasar las horas, apoyado en aquel radiador mientras nuestras miradas luchaban encarnizadamente por quedar por encima de la otra.
  El tiempo fue quien destruyó todo. Ni tu ni yo, al final ninguno. ¿Miedo? Pavor más bien, eras tan impredecible como morena pero tu buen corazón hizo mella en el mío, eso está claro.
  Dudo que leas esto, nunca, pero Troya no ardió por que ninguno de los dos pusimos la chispa. Tanto tú como yo. Ninguno. ¿Fuimos idiotas? Seguro, porque ahora no queda ni el intento de lo que antes eran llamas azuladas de fénix.

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