Chocó el pico
contra cada barrote; emitiendo, en cada uno, un sonido diferente. Agudo timbre
reverberado en esa aleación de hierro y carbono. Recubierto por cobre, que lo
aprisionaba. Fue pensado para encarcelar la libertad. Mas se ahogaba con el
tiempo y el espacio arrebatado; pudiendo sólo mirar a través de ella, acercándose
en silencio a sus últimos vuelos, a sus últimas horas. Se posó en su columpio,
a esperar. Ya no cantaba porque el sol no se asomaba por su reino. Ya no reía,
ya no lloraba. Aquella soledad se llevó su alma, sembrando tristeza en cada
poso de su hogar.
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