miércoles, 10 de abril de 2013

Espectros.

Cuenta la leyenda, que me desperté un día sin tener nada por lo que preocuparme. Que disfrutaba de las mañanas en familia, desayunando en la terraza. Hacía un sol espléndido, de mañana de verano. Que conversaba con mis abuelos, que les hacía reír, que me hacían reír. Salía a la calle corriendo, huyendo del miedo, como si nada importara. Me tiraba allí todo el día, sin parar de revolotear, dándole patadas al balón, escalando... Gastando suela, como se suele decir. Respectivos parones para comer y siesta épica, como antaño. Todavía puedo oír las carcajadas de mis padres haciendo tonterías y aquella radio vieja que tantos partidos de fútbol me hizo escuchar. Cuenta la leyenda, que antaño dormía bien por las noches. Pero, ¿Y lo que no cuenta la leyenda? El tiempo, ese valiente hijo de puta. Responsable de ahogarme, de cargarme de responsabilidades. Esa nube gris que ronda los pensamientos cuando empiezas a descubrir que lo que haces puede tener su eco en el futuro. Ese cansancio por pensar en lo que está bien y lo que está mal y de actuar por una serie de factores y de ideas. Esos actos pueden llevarte a la muerte pero, aún así, seguimos adelante. Lo que no os han contado de las leyendas, es que no siempre salen héroes ni villanos. Que a veces el malo eres tu mismo. Que tu te pones tus obstáculos y encima lo que te rodea no hace más que entorpecerte. Pero que más da, esto es sólo el espectro de un puto niño de mierda.

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