martes, 5 de marzo de 2013
Sangre real.
Intentando alejarme de las sombras, huyendo. Cansado de los comentarios puntuales que no hacen sino ahondar en las diaclasas de mi cada vez más resquebrajado corazón. He bebido sangre con alcohol debido a las úlceras formadas en mi lengua. He empapado la almohada con una mezcla homogénea de recuerdos, dolor y llanto. He de ir a Kenia y robarle la más fina arena al desierto; ir a las más profundas minas a por el más puro y bello cristal; pedir ayuda a Efesto y forjar un reloj de arena con los materiales; finalmente, sentarme y mirar como el tiempo actúa como remedio en esta espiral de angustia, nervios y desgana. La luz no es tan fuerte. La lluvia es más ácida que de costumbre. Cada uno de mis pensamientos es un paso más hacia lo que llaman libertad, pero nadie es el mismo después de recorrer una larga travesía por las sendas de la superación y el olvido. Supongo que hasta las más oscuras cuevas tienen su salida, pero no puedo asegurar que, de camino a ella, no me atonten los ultrasonidos emitidos por los murciélagos o me vuelva loco observando la belleza de los materiales que la forman. Quiero el magenta impregnado con motas de sangre de unicornio. Quiero ese color en mi vida, estoy cansado del puto gris de mierda.
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