martes, 19 de febrero de 2013

Ambrosía

  Ella es como el sol, radiante. Su pelo largo y rizado, digno del león que forja su carácter. El puente que describen sus cejas forma mi arco iris interno. Sus ojos son tan verdes y brillantes que más de una vez me he perdido en su tundra. Su nariz es mi tobogán a la felicidad. Sus labios del color de la manzana de Eva, como un rubí, responsables de mis suspiros, me han hecho adicto a ella. Esos hoyuelos son abismos donde caigo, abismos que no tienen final. Sus mejillas son platos suaves de jade, vajilla de antiguas dinastías. Tiene un cuello de cisne que pide a gritos ser recorrido por mi respiración. Una clavícula en la que llevo perdido más de un año. Sus hombros son mi soporte en días grises. Dos brazos largos y firmes, ágiles y fuertes. Unas manos prodigiosas que me muero por tener entre las mías. Su pecho es firme y bello. Recorro todo su vientre en busca de alguna imperfección, pero no la encuentro. Buscando el camino prohibido por su pelvis hasta encontrar su punto de inflexión. Caminando por su monte de Venus con la lengua, asomándome con ella a lo más profundo de su ser. Sus piernas kilométricas me han hecho pasar más de una noche en vela buscando su final y todavía no soy capaz de verlo. Y sus pies. Vivo por ellos y deseo cada milímetro.

  Un cuerpo que no se si está diseñado por los dioses, pero si que sé que está hecho a mi medida. No cambiaría ni un ápice de él. Un cuerpo que hoy en día me pertenece y que me trae por la senda de la locura. Un cuerpo para el pecado. Un cuerpo que deseo tanto como amo. Ese cuerpo que, hasta el día de hoy, solo yo he podido ver y disfrutar. Gracias, Andrea, por haberme hecho creer en el amor.


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