Retorno a cada uno de tus poros, a cada hueco de ti. Colgarme de tus dedos y que, de felicidad, finas perlas broten de tus verdes pupilas, bañando así la llanura donde me aposento. Escalar por la delicada curva que forma tu cuello, a susurrarte al oído, de nuevo: "La llama que prendió y deshizo lo eterno por un tiempo no contaba con que nuestro amor es como un fénix. No sólo por su grandiosa belleza, sino porque las cenizas harán de cuna de aquello que rompió las barreras de lo establecido. Y entonces, sólo entonces, nos reiremos del tiempo, pues habremos conseguido estar juntos para siempre". El roce de mi nariz y mi respiración al comienzo de tu espalda provoca escalofríos y ese grito ahogado en el pozo más profundo de las sensaciones. Deslizar mis yemas desde tu clavícula al compás de los latidos, marcados por tu propio corazón. Llegar hasta tu pecho y juntar nuestros cuerpos hasta acabar desorientados. Sin saber qué le pertenece a cada uno. Que lo único que podamos ubicar sea nuestra razón, y es que, esa, lleva perdida mucho tiempo. Después zurcirnos a bocados. Volver a jugar a encontrarnos debajo de las sábanas. Recorrer kilómetros por tus piernas con los labios y juntarlos a los tuyos. Los dos. Probar tu néctar mientras escucho cada uno de los acordes que exhala tu voz. Erizando mi vello. Despertándome del sueño.
Y que, cuando amanezca, estés a mi lado.
Karma I/II/MMXII